HERIDAS DEL PASADO Cuando el trauma sigue viviendo dentro de nosotras/os.

 HERIDAS DEL PASADO

Cuando el trauma sigue viviendo dentro de nosotras/os.


AFILIACIÓN:

SPIC — Servicios Psicoterapéuticos Integrales y Capacitación

Pensamiento Clínico Integrativo

AUTOR:

Gabriel Navarrete Fernández




"Lo que no se expresa de alguna manera, termina manifestándose de otra."


Resumen


Las heridas emocionales originadas por experiencias traumáticas pueden permanecer activas durante muchos años, influyendo en la manera en que una persona piensa, siente, se relaciona y responde ante determinadas situaciones de la vida cotidiana. El trauma no solamente afecta la memoria psicológica, sino también el cuerpo, el sistema nervioso y los vínculos interpersonales.

El presente artículo aborda tres formas principales de trauma: el trauma agudo, asociado a eventos intensos y puntuales; el trauma complejo, relacionado con experiencias repetitivas de dolor dentro de vínculos significativos; y el trauma crónico, derivado de la exposición prolongada a situaciones de amenaza, estrés o violencia sostenida. Asimismo, se analiza cómo dichas experiencias pueden permanecer “abiertas” dentro del organismo y reactivarse ante estímulos emocionales similares en etapas posteriores de la vida.

Desde una perspectiva integrativa, se explora la relación entre trauma, cuerpo y sistema nervioso, así como algunas de las principales líneas terapéuticas utilizadas actualmente para su abordaje, entre ellas la terapia enfocada en trauma, la terapia somática, EMDR y el trabajo de regulación emocional. Finalmente, se reflexiona sobre la importancia de buscar acompañamiento profesional especializado para favorecer procesos de integración, resignificación y recuperación emocional.

Palabras clave: trauma psicológico, trauma complejo, trauma crónico, trauma agudo, heridas emocionales, sistema nervioso, regulación emocional, terapia del trauma.



Introducción


Existen heridas que no desaparecen simplemente porque el tiempo haya pasado.

Algunas experiencias dejan marcas tan profundas que continúan influyendo en la forma en que una persona piensa, siente, se relaciona y percibe el mundo, incluso muchos años después de haber ocurrido. A veces el evento traumático terminó hace décadas, pero el cuerpo sigue reaccionando como si el peligro continuara presente.

El trauma no siempre se manifiesta de manera evidente. En ocasiones aparece disfrazado de ansiedad, irritabilidad, hipervigilancia, insomnio, miedo constante, dificultades en los vínculos, síntomas físicos inexplicables o patrones repetitivos de sufrimiento emocional.

Muchas personas viven creyendo que “ya superaron” ciertas experiencias porque aprendieron a funcionar, trabajar, cuidar a otros o continuar con sus vidas. Sin embargo, basta una situación similar, una emoción intensa, un rechazo, un conflicto o una sensación parecida para que esa antigua herida vuelva a abrirse.

El pasado no desaparece únicamente porque deje de hablarse de él.

Y cuando una experiencia traumática no logra ser procesada e integrada adecuadamente, puede quedar almacenada en distintas dimensiones del ser humano: en la memoria, en el sistema nervioso, en las emociones, en los vínculos, e incluso en el cuerpo.

Comprender el trauma implica ir más allá de la idea simplista de que “todo está en la mente”. El trauma involucra procesos psicológicos, biológicos, relacionales y emocionales profundamente complejos que requieren una mirada integral y humana.


¿Qué es el trauma?

El trauma psicológico puede entenderse como la respuesta emocional, física y neurobiológica que aparece cuando una experiencia sobrepasa la capacidad de la persona para afrontarla, procesarla o integrarla de manera adecuada (Herman, 2015).

Durante mucho tiempo se pensó que el trauma únicamente estaba relacionado con acontecimientos extremos como guerras, accidentes o desastres naturales. Sin embargo, actualmente se reconoce que muchas experiencias relacionales repetitivas también pueden generar efectos traumáticos profundos.

El psiquiatra Bessel van der Kolk (2015) explica que el trauma no solamente tiene relación con lo que ocurrió, sino con la forma en que dicha experiencia quedó registrada dentro del organismo.

Por eso algunas personas continúan reaccionando emocionalmente años después del evento traumático, incluso cuando racionalmente saben que ya no están en peligro.

El cuerpo recuerda aquello que la mente muchas veces intenta olvidar.


Tipos de trauma


Trauma agudo

El trauma agudo aparece después de una experiencia intensa y puntual que rebasa la capacidad de respuesta emocional de la persona.

Puede surgir después de:

accidentes,

agresiones,

pérdidas repentinas,

asaltos,

desastres naturales,

procedimientos médicos invasivos,

experiencias de violencia,

o situaciones donde la persona percibe una amenaza importante para su integridad.

Como el caso de un joven que después de sufrir un accidente automovilístico comenzó a experimentar ataques de ansiedad cada vez que escuchaba frenar un automóvil. Aunque físicamente sobrevivió, su sistema nervioso seguía reaccionando como si el peligro continuara presente.

En muchos casos, el cuerpo continúa funcionando desde el estado de alerta aun cuando el evento ya terminó.

Trauma complejo

El trauma complejo suele desarrollarse cuando las experiencias dolorosas no ocurrieron una sola vez, sino repetidamente y dentro de vínculos significativos.

Infancias marcadas por:

violencia,

humillación,

negligencia emocional,

abuso psicológico,

rechazo constante,

abandono,

invalidación emocional,

o ambientes impredecibles,

pueden generar profundas alteraciones en la identidad, autoestima, regulación emocional y capacidad vincular de una persona.

Como el caso de una mujer que llegó a terapia diciendo que “siempre terminaba sintiéndose demasiado para los demás”. Durante el proceso descubrió que creció en un hogar donde expresar emociones era castigado o ridiculizado. Aprendió a callarse para sobrevivir, pero años después seguía sintiendo culpa cada vez que intentaba poner límites o expresar lo que necesitaba.

El trauma complejo suele generar heridas relacionales profundas porque muchas veces el dolor provino precisamente de las personas que debían brindar protección y seguridad.

Trauma crónico

El trauma crónico aparece cuando una persona permanece durante largos periodos expuesta a situaciones de tensión, amenaza o estrés sostenido.

No necesariamente existe un único evento traumático, sino una exposición constante al miedo, la presión o la inseguridad.

Como el caso de una mujer que vivió abusos físicos y emocionales durante gran parte de su infancia y adolescencia por parte de una hermana mayor, donde siempre tuvo que estar alerta esperando en qué momento sería violentada y nunca podía relajarse. Incluso en momentos tranquilos sentía una necesidad permanente de estar “preparada para algo malo”. Su cuerpo no conocía el descanso porque durante años aprendió que bajar la guardia podía ser peligroso.

Con el tiempo, vivir en estado permanente de alerta puede generar agotamiento emocional, ansiedad crónica, hipervigilancia y alteraciones importantes en el sistema nervioso.


El cuerpo como memoria del trauma


Uno de los aportes más importantes en el estudio contemporáneo del trauma es comprender que las experiencias traumáticas no solamente quedan almacenadas como recuerdos conscientes.

También quedan registradas corporalmente.

Peter Levine (2018) sostiene que muchas respuestas traumáticas permanecen “atrapadas” dentro del sistema nervioso cuando el organismo no logra completar adecuadamente las respuestas biológicas de defensa.

Por eso muchas personas presentan:

tensión muscular constante,

problemas digestivos,

insomnio,

fatiga,

hipersensibilidad,

ataques de ansiedad,

dificultades respiratorias,

dolores físicos,

o estados permanentes de hipervigilancia.


El cuerpo continúa reaccionando aunque el peligro ya no exista objetivamente.


Stephen Porges (2022), desde la Teoría Polivagal, explica que el sistema nervioso constantemente evalúa señales de seguridad o amenaza. Cuando una persona ha vivido trauma prolongado, su organismo puede permanecer atrapado en estados de defensa incluso en ambientes seguros.

En otras palabras: el cuerpo aprende a sobrevivir antes que a descansar.

Cuando el pasado sigue activándose en el presente

Muchas heridas traumáticas permanecen aparentemente “dormidas” hasta que ciertas experiencias actuales las reactivan.

A veces basta:

una discusión,

un rechazo,

una crítica,

una pérdida,

una sensación corporal,

un tono de voz,

una mirada,

o una experiencia emocional similar,

para que el sistema nervioso reaccione como si el trauma estuviera ocurriendo nuevamente.

Entonces aparecen:

ansiedad intensa,

miedo,

bloqueo emocional,

desconexión,

necesidad de huir,

irritabilidad,

tristeza profunda,

o síntomas físicos difíciles de explicar.

La persona muchas veces no comprende por qué reacciona con tanta intensidad ante ciertas situaciones actuales, sin darse cuenta de que muchas veces no está reaccionando solamente al presente, sino también a heridas antiguas que continúan activas.


Trauma y vínculos familiares


El trauma relacional suele tener efectos especialmente profundos debido a que ocurre dentro de vínculos significativos.

Cuando las figuras importantes representan simultáneamente amor y peligro, el sistema emocional puede desarrollar formas contradictorias de relacionarse: necesidad de cercanía, miedo al abandono, hipervigilancia, dependencia emocional, o dificultades para confiar.

Muchas personas crecieron en hogares donde aprendieron a sobrevivir emocionalmente adaptándose constantemente al estado emocional de otros.

Niños que tuvieron que “leer el ambiente” para anticipar violencia, rechazo o humillación suelen convertirse en adultos extremadamente vigilantes emocionalmente.

A veces esas personas parecen funcionales por fuera, pero internamente viven agotadas por la necesidad constante de mantenerse alerta.


Líneas terapéuticas para el abordaje del trauma


El trabajo terapéutico del trauma requiere sensibilidad, preparación clínica y comprensión profunda de los procesos emocionales y neurobiológicos involucrados.

No se trata únicamente de “recordar” lo que ocurrió.

Muchas veces también es necesario ayudar al cuerpo y al sistema nervioso a salir de estados prolongados de supervivencia.

Algunas líneas terapéuticas que han mostrado utilidad en el abordaje del trauma incluyen:

Terapia enfocada en trauma.

EMDR (Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares).

Terapia somática.

Trabajo corporal y regulación del sistema nervioso.

Terapia sistémica.

Psicoterapia integrativa.

Mindfulness terapéutico.

Trabajo con memoria emocional.

Reconstrucción de vínculos seguros.

Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE).

Terapias orientadas al apego.

Cada persona requiere procesos distintos.

Por eso resulta fundamental buscar acompañamiento profesional con terapeutas capacitados específicamente en trauma y regulación emocional profunda.

Sanar no significa borrar lo vivido.

Significa poder integrar la experiencia sin que continúe controlando completamente la vida presente.


Reflexión final


Muchas personas han aprendido a sobrevivir cargando heridas que nunca pudieron nombrar.

Algunas normalizaron el miedo. Otras aprendieron a desconectarse emocionalmente. Algunas desarrollaron fortaleza extrema. Y otras viven agotadas intentando sostener una vida aparentemente funcional mientras internamente siguen luchando contra experiencias que jamás terminaron de procesarse.

El trauma no siempre grita. A veces se esconde detrás del perfeccionismo, la ansiedad, el control excesivo, el aislamiento, el cansancio emocional o la incapacidad para sentirse verdaderamente seguros.

Pero aquello que permanece oculto no desaparece por sí solo.

Y aunque el pasado no pueda cambiarse, sí es posible resignificarlo, comprenderlo y comenzar procesos de sanación más conscientes y acompañados.

Buscar ayuda no es debilidad.

En muchos casos, es el primer paso para dejar de sobrevivir y comenzar verdaderamente a vivir.

Preguntas para reflexionar

¿Existen situaciones actuales que despiertan emociones desproporcionadas en ti?

¿Sientes que algunas heridas siguen reaccionando aunque hayan pasado muchos años?

¿Tu cuerpo vive constantemente en tensión o alerta?

¿Qué partes de tu historia continúan necesitando ser escuchadas?

¿Cuántas de tus reacciones actuales nacen realmente del presente y cuántas provienen de experiencias pasadas que siguen abiertas?


Referencias

Herman, J. (2015). Trauma y recuperación. Eleftheria.

Levine, P. (2018). Sanar el trauma. Urano.

Maté, G. (2022). El mito de la normalidad. Gaia Ediciones.

Porges, S. (2022). La guía de bolsillo de la teoría polivagal. Eleftheria.

Shapiro, F. (2018). Supera tu pasado. Kairós.

Siegel, D. (2020). Tormenta cerebral. Alba Editorial.

Van der Kolk, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria.

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