¿CUÁNTO DE LO QUE ERES HOY NACIÓ DE AQUELLO QUE TUVISTE QUE SOBREVIVIR AYER?

 ¿CUÁNTO DE LO QUE ERES HOY NACIÓ DE AQUELLO QUE TUVISTE QUE SOBREVIVIR AYER?


Historia familiar, aprendizaje emocional, lealtades invisibles y transmisión intergeneracional del trauma.


AFILIACIÓN:

SPIC — Servicios Psicoterapéuticos Integrales y Capacitación

Pensamiento Clínico Integrativo

AUTOR:

Gabriel Navarrete Fernández




Hay personas que llegan a terapia con una pregunta aparentemente sencilla:

“No entiendo por qué reacciono así.”

Saben que aquello ocurrió hace mucho tiempo.

Saben que ya pasó.

Incluso pueden pensar que lo han superado.

Sin embargo, continúan reaccionando de determinadas maneras frente al abandono, el rechazo, el conflicto, la intimidad, la crítica o la incertidumbre.

Una persona puede saber racionalmente que su pareja no la está abandonando y, aun así, sentir una angustia intensa cuando percibe cierta distancia.

Otra puede reconocer que su familia ya no depende de ella y, sin embargo, sentirse responsable de resolver los problemas emocionales de todos.

Alguien más puede tener una vida aparentemente estable y exitosa, pero experimentar una enorme dificultad para pedir ayuda, descansar o mostrarse vulnerable.

Entonces aparece una pregunta que puede ser mucho más interesante que:

“¿Qué me pasa?”

Podríamos preguntarnos:

¿De dónde aprendí a responder de esta manera?

Porque muchas de nuestras respuestas emocionales no aparecieron de la nada.

Tienen una historia.


Lo que aprendemos antes de poder explicarlo.


Durante los primeros años de vida aprendemos mucho más que palabras.

Aprendemos, a través de nuestras relaciones, qué podemos esperar de los demás y qué debemos hacer para conservar la cercanía, recibir cuidado o disminuir el conflicto.

Aprendemos si podemos expresar nuestras emociones.

Si pedir ayuda es aceptable.

Si equivocarnos pone en riesgo el vínculo.

Si podemos confiar.

Si el mundo resulta predecible o impredecible.

Si debemos acercarnos cuando tenemos miedo o, por el contrario, aprender a arreglárnoslas solos.

La investigación sobre apego ha encontrado asociaciones entre las experiencias de apego y diferentes aspectos de la regulación emocional. Una revisión sistemática de estudios en adultos encontró diferencias relacionadas con las representaciones de apego y las estrategias de regulación emocional; investigaciones longitudinales también han encontrado asociaciones entre patrones de apego observados en la infancia y estrategias de regulación emocional en relaciones adultas. 


Esto no significa que nuestra infancia determine de manera inevitable nuestra personalidad adulta.

Significa algo mucho más interesante:

las relaciones tempranas pueden contribuir a construir nuestra manera de interpretar y responder al mundo.

Y esas respuestas, cuando funcionan, pueden convertirse en recursos.

Pero cuando las circunstancias cambian, algunas estrategias que alguna vez fueron útiles pueden dejar de serlo.


Cuando una estrategia de supervivencia se convierte en una forma de vivir.


Imaginemos a un niño que crece en un ambiente donde los conflictos entre sus padres son frecuentes.

Cada vez que escucha voces elevadas, se pone alerta.

Intenta descubrir qué está pasando.

Se mantiene cerca.

Tal vez busca distraer a sus padres.

Tal vez aprende a permanecer en silencio.

Tal vez intenta convertirse en “el niño bueno”.

En ese momento, estar atento puede tener una función adaptativa.

Pero años después, convertido en adulto, podría continuar sintiendo una necesidad intensa de anticiparse al estado emocional de los demás.

Puede leer gestos.

Cambios en el tono de voz.

Silencios.

Expresiones faciales.

Y quizá interprete cualquier señal ambigua como una advertencia.

No necesariamente porque quiera controlar a los demás.

Aprendió que estar atento podía ayudarlo a mantenerse a salvo.

El problema aparece cuando el presente ya no es aquel ambiente.

La persona adulta puede seguir utilizando una estrategia que pertenecía a una realidad anterior.


La familia también transmite aquello que nunca se dijo.


Las familias no transmiten únicamente apellidos, rasgos físicos o historias.

También transmiten maneras de relacionarse.

A veces de manera explícita:

-“En esta familia hay que ser fuerte.”

-“Los problemas se resuelven en casa.”

-“Aquí nadie necesita ayuda.”

-“A la familia nunca se le da la espalda.”

-“Lo que pasa entre nosotros no se cuenta.”

Pero otras veces el aprendizaje ocurre sin que nadie lo diga.

Se transmite mediante silencios.

Ausencias.

Roles.

Expectativas.

Miedos.

Secretos.

Formas de castigar.

Formas de amar.

Formas de pedir perdón.

Formas de resolver los conflictos.

Una niña puede aprender que debe cuidar emocionalmente a su madre.

Un hijo puede aprender que debe convertirse en “el hombre de la casa”.

Otro puede ocupar el lugar del mediador familiar.

Y alguien más puede convertirse en el miembro exitoso que representa aquello que la familia espera de él.

Con el tiempo, estos lugares pueden sentirse tan naturales que dejamos de percibirlos como roles.

Simplemente pensamos:

-“Así soy yo.”


Las lealtades invisibles.


Dentro de algunas aproximaciones sistémicas y transgeneracionales se ha utilizado el concepto de lealtades invisibles para describir vínculos y obligaciones familiares que pueden influir en la conducta de una persona sin que necesariamente exista una decisión consciente de mantenerlos.

La idea fue desarrollada especialmente dentro del trabajo de Ivan Boszormenyi-Nagy, quien exploró conceptos como lealtad, justicia relacional, obligaciones familiares y conflictos entre generaciones.

Desde esta perspectiva, una persona puede sentir que tiene que permanecer fiel a determinados valores, sacrificios o destinos familiares.

Por ejemplo:

-“Mi madre sacrificó toda su vida por nosotros; yo no tengo derecho a hacer una vida diferente.”

O:

-“En mi familia nadie abandona a nadie.”

O:

-“Después de todo lo que mis padres hicieron por mí, no puedo decepcionarlos.”

Incluso:

-“Si yo tengo éxito donde ellos no pudieron, quizá esté dejando atrás a mi familia.”

No necesariamente existe una conversación donde alguien diga esto.

Puede existir una especie de mandato emocional implícito.

Y aquí conviene hacer una precisión:

hablar de lealtades familiares no significa afirmar que existe una fuerza misteriosa que obliga a una persona a repetir el destino de sus antepasados.

Es una manera de explorar cómo las relaciones, expectativas, identificaciones y narrativas familiares pueden influir en nuestras decisiones.


Cuando intentamos no parecernos a nuestros padres.


Existe otra forma de repetición que puede resultar paradójica.

A veces una persona pasa buena parte de su vida intentando no convertirse en aquello que tanto rechazó.

-“Yo jamás voy a ser como mi padre.”

-“Yo nunca trataré a mis hijos como me trataron a mí.”

-“Yo nunca dependeré de una pareja.”

-“Yo nunca permitiré que alguien tenga poder sobre mí.”

Y, sin darse cuenta, organiza buena parte de su vida alrededor de aquello que intenta evitar.

La oposición también puede mantenernos vinculados a la historia.

Porque aquello que rechazamos continúa ocupando un lugar central en nuestra identidad.

La pregunta terapéutica entonces cambia:

No solamente: “¿Qué quiero evitar repetir?”

Sino:

“¿Qué quiero construir, independientemente de lo que ocurrió antes?”


¿Y qué ocurre con las experiencias traumáticas de generaciones anteriores?


Aquí entramos en un terreno particularmente interesante.

Durante los últimos años ha aumentado el interés científico por la llamada <<transmisión intergeneracional del trauma>>.

Se ha estudiado, por ejemplo, a descendientes de personas expuestas a guerras, genocidios, persecución, desplazamiento y otras experiencias traumáticas.

Una revisión sistemática reciente encontró evidencia de posibles efectos psicológicos, fisiológicos y relacionales en descendientes de personas expuestas a traumas colectivos, aunque también señaló limitaciones importantes en la calidad de la evidencia disponible, como tamaños muestrales pequeños, diseños transversales y dificultades para controlar variables de confusión. �

PubMed

Esto plantea una pregunta fascinante:

¿Puede una experiencia que yo no viví influir en mí?

La respuesta más responsable sería:

Puede existir transmisión intergeneracional de efectos asociados al trauma, pero no debemos simplificar el fenómeno diciendo que “el trauma se hereda” como si fuera un gen.

Existen diferentes vías posibles.

La relación entre padres e hijos.

El ambiente familiar.

La crianza.

La comunicación.

Las condiciones sociales.

Los modelos de afrontamiento.

Los sistemas de estrés.

Y posiblemente mecanismos biológicos.

Todos ellos pueden interactuar.


Epigenética: entre la posibilidad y la exageración.


Aquí debemos ser especialmente cuidadosos.

La epigenética estudia modificaciones que pueden afectar la expresión de los genes sin modificar la secuencia del ADN.

La investigación ha encontrado que experiencias de estrés y adversidad pueden relacionarse con cambios epigenéticos y con procesos de regulación biológica del estrés. También se ha investigado si algunos de estos efectos podrían estar relacionados con resultados observables en generaciones posteriores. �

PubMed +1

Pero existe una diferencia enorme entre decir:

“Las experiencias pueden influir en procesos biológicos y epigenéticos.”

y afirmar:

“El trauma de nuestros abuelos quedó grabado en nuestros genes y nosotros lo heredamos.”

La segunda afirmación es demasiado simplista.

La evidencia disponible en humanos todavía no permite establecer de manera concluyente que un trauma psicológico específico sea transmitido a las siguientes generaciones mediante mecanismos epigenéticos.

De hecho, investigadores que han revisado esta cuestión han advertido que atribuir efectos intergeneracionales específicos en seres humanos exclusivamente a mecanismos epigenéticos sigue siendo prematuro. �

PubMed

Por eso, cuando hablamos de transmisión intergeneracional, resulta más adecuado pensar en un entramado de mecanismos biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales, en lugar de buscar una única explicación.

Y esto es importante porque evita convertir la epigenética en una nueva forma de determinismo.

Caso clínico 1: “Necesito que todos estén bien”

Una mujer consulta porque vive permanentemente preocupada por su familia.

Si su madre está triste, intenta solucionar el problema.

Si sus hermanos discuten, interviene.

Si alguien tiene dificultades económicas, inmediatamente busca cómo ayudar.

Cuando ella está cansada, se siente culpable por descansar.

Durante el proceso terapéutico comienza a reconstruir su historia.

Cuando era niña, sus padres atravesaban frecuentes conflictos.

Ella aprendió a detectar rápidamente cuándo algo estaba mal.

Intentaba tranquilizar a su madre.

Mediaba entre sus padres.

Cuidaba a sus hermanos.

Durante mucho tiempo pensó que simplemente era una persona “muy responsable”.

Sin embargo, comienza a descubrir otra posibilidad:

había aprendido a sentirse segura cuando conseguía que los demás estuvieran bien.

Ahora, siendo adulta, su familia ya no se encuentra en aquella situación.

Pero su sistema de respuesta continúa funcionando como si ella siguiera teniendo aquella responsabilidad.

El objetivo terapéutico no sería convertirla en una persona indiferente.

Sería ayudarla a distinguir:

“Puedo preocuparme por mi familia sin hacerme responsable de su equilibrio emocional.”

Caso clínico 2: “Antes de que me abandonen, me voy yo”

Un hombre llega a terapia después de varias relaciones que terminan de una manera muy similar.

Al principio se vincula intensamente.

Busca cercanía.

Necesita confirmación constante.

Pero cuando percibe cierta distancia, aparece el miedo.

Pregunta.

Insiste.

Interpreta.

Controla.

Y finalmente puede terminar la relación abruptamente.

Después piensa:

“Sabía que iba a pasar.”

En su historia existe una experiencia temprana de pérdida y relaciones poco predecibles.

Aprendió que las personas importantes podían desaparecer.

Su estrategia adulta parece decir:

“Si abandono primero, no podrán abandonarme.”

Desde fuera podría parecer una conducta contradictoria.

Desde una perspectiva adaptativa, tiene cierta lógica.

Si el abandono es percibido como inevitable, adelantarse puede proporcionar una sensación momentánea de control.

La terapia puede ayudarlo a construir una experiencia diferente:

No toda distancia significa abandono.

No toda incertidumbre significa peligro.

Y una relación actual no necesariamente tiene que repetir una relación anterior.

Caso clínico 3: “Tengo que poder con todo”

Otra paciente consulta por agotamiento.

Tiene éxito profesional.

Resuelve problemas.

Ayuda a todos.

Pero no sabe pedir ayuda.

Cuando alguien intenta cuidarla, se incomoda.

Cuando se siente vulnerable, cambia de tema.

En su historia aparece una madre que tuvo que afrontar sola circunstancias extremadamente difíciles.

Desde pequeña escuchó hablar de la fortaleza de las mujeres de su familia.

La admiraba profundamente.

Pero también internalizó un mensaje:

“Las mujeres de esta familia pueden con todo.”

La fortaleza se convirtió en identidad.

Y después, en obligación.

Con el tiempo, pedir ayuda empezó a sentirse como una especie de fracaso.

Aquí la terapia puede abrir una pregunta diferente:

¿Cómo puedo honrar la fortaleza de quienes estuvieron antes de mí sin tener que repetir su sufrimiento?

Quizá una forma de honrar a quienes tuvieron que ser fuertes sea precisamente permitirse vivir una vida donde ya no sea necesario serlo todo el tiempo.


Comprender no significa quedar condenado a repetir.


Existe un riesgo importante cuando hablamos de trauma, familia y transmisión intergeneracional:

convertir la explicación en una sentencia.

-“Soy así porque mi padre era así.”

-“Mi madre me hizo inseguro.”

-“Mi familia tiene este patrón.”

-“Mi trauma está en mis genes.”

Estas explicaciones pueden proporcionar sentido, pero si las convertimos en determinismos también pueden quitarnos agencia.

La historia importa.

Pero la historia no es destino.

Una experiencia temprana puede aumentar determinadas vulnerabilidades sin determinar inevitablemente el resultado.

De hecho, la investigación sobre adversidad infantil muestra asociaciones entre experiencias parentales adversas y diferentes resultados de salud mental en los hijos, pero esas asociaciones no equivalen a una condena individual. Un metaanálisis de 52 estudios, por ejemplo, encontró asociaciones entre experiencias adversas infantiles de los padres y problemas de salud mental en sus hijos, pero estudiar asociaciones poblacionales no significa que podamos predecir el destino psicológico de una persona concreta. 


Esto es fundamental.

Porque si la historia pudiera determinar completamente nuestro futuro, la psicoterapia tendría poco sentido.


Entonces, ¿qué significa sanar?


Quizá sanar no consiste en borrar nuestra historia.

Tampoco significa culpar eternamente a nuestros padres.

Ni romper necesariamente con nuestra familia.

Ni descubrir un único acontecimiento responsable de todo lo que nos ocurre.

A veces sanar comienza cuando podemos mirar nuestra historia con suficiente distancia para distinguir:

Esto me pertenece.

Esto lo aprendí.

Esto lo recibí.

Esto alguna vez me protegió.

Esto ya no me protege.

Esto quiero conservar.

Y esto quiero transformar.

La terapia puede convertirse entonces en un espacio donde una persona no solamente pregunta:

-“¿Por qué soy así?”

sino también:

-“¿Quiero seguir siendo así?”

Y entre ambas preguntas existe una diferencia enorme.

La primera busca una explicación.

La segunda abre una posibilidad.


La lealtad más importante.


Quizá una de las tareas más complejas del crecimiento psicológico sea aprender a distinguir entre ser leales a nuestra historia y quedar atrapados en ella.

Podemos amar a nuestros padres y elegir una forma diferente de relacionarnos.

Podemos comprender los sacrificios de nuestros abuelos sin repetirlos.

Podemos agradecer aquello que nuestra familia hizo por nosotros sin sentir que debemos pagar esa deuda durante toda nuestra vida.

Podemos reconocer las heridas de quienes estuvieron antes sin convertirlas automáticamente en nuestras propias heridas.

Y quizá también podamos decir:

-“Gracias por haber llegado hasta aquí.

Yo continuaré desde donde ustedes pudieron llegar.”

No como una ruptura.

Sino como una transformación.

Tal vez crecer psicológicamente sea esto

La imagen que acompaña este artículo puede recordarnos algo.

Un túnel.

Fotografías en las paredes.

Personas que caminan.

Personas que permanecen sentadas.

Historias que parecen observarnos mientras avanzamos.

Y al fondo, una salida.

Quizá nuestra historia familiar se parezca un poco a eso.

No podemos borrar las fotografías.

No podemos cambiar quiénes estuvieron antes.

No podemos modificar aquello que ocurrió.

Pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que recibimos.

Porque conocer nuestra historia no debería servir para encontrar una condena.

Debería servir para recuperar la posibilidad de elegir.

Tal vez la pregunta no sea únicamente:

-“¿Qué me pasó?”

Sino:

-“¿Qué aprendí de lo que me pasó?”

Y después:

-“¿Eso que aprendí todavía necesito llevarlo conmigo?”

Porque algunas veces, sanar significa dejar de responderle al presente como si todavía estuviéramos viviendo en aquel pasado.


Preguntas para la reflexión

¿Qué formas de reaccionar en ti parecen haber nacido como una manera de protegerte?

¿Qué aprendiste en tu familia acerca del amor, el abandono, el conflicto y la vulnerabilidad?

¿Qué emociones estaban permitidas en tu familia y cuáles parecían estar prohibidas?

¿Te sientes responsable del bienestar emocional de otras personas?

¿Existe algún mandato familiar que todavía sientas que debes cumplir?

¿Has repetido algún patrón que alguna vez juraste no repetir?

¿Qué parte de tu historia necesitas comprender mejor?

¿Qué cosas recibiste de tu familia que deseas conservar?

¿Qué cosas recibiste que hoy necesitas transformar?

Y quizá la pregunta más importante:

¿Cuánto de lo que eres hoy elegiste conscientemente y cuánto aprendiste para poder sobrevivir a lo que viviste ayer?


Referencias bibliográficas

Formato APA 7.ª edición


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