EL TRAUMA NO ES SOLO UNA HISTORIA: Sus huellas en el cuerpo, las células y las generaciones
EL TRAUMA NO ES SOLO UNA HISTORIA: Sus huellas en el cuerpo, las células y las generaciones
SPIC — Servicios Psicoterapéuticos Integrales y Capacitación
Pensamiento Clínico Integrativo
Por Gabriel Navarrete Fernández
Durante mucho tiempo se pensó que el trauma era un recuerdo doloroso almacenado en la mente. Algo que pertenecía al pasado y que podía resolverse simplemente hablándolo.
Hoy sabemos que el trauma es mucho más que una historia.
Es una experiencia que impacta el sistema nervioso, reorganiza procesos biológicos y, en ciertos casos, deja huellas que trascienden a quien lo vivió.
El trauma no solo se recuerda.
Se encarna.
Cuando una experiencia desborda la capacidad de una persona para procesarla —rechazo persistente, humillación, violencia emocional, abandono afectivo, miedo sostenido en la infancia— el organismo activa mecanismos de supervivencia. El eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal entra en funcionamiento, se libera cortisol, el cuerpo se prepara para protegerse.
Si esa activación se vuelve crónica, el sistema aprende a vivir en alerta.
Y vivir en alerta constante tiene un costo.
Alteraciones del sueño.
Colon irritable.
Migrañas frecuentes.
Fatiga persistente.
Ansiedad anticipatoria.
El cuerpo no está exagerando.
Está sosteniendo una adaptación.
En consulta esto se vuelve evidente.
Una mujer de 36 años llega porque siente ansiedad constante en su relación de pareja. No ha habido infidelidad ni amenaza real de abandono. Sin embargo, vive con la sensación de que en cualquier momento la dejarán.
Al explorar su historia aparece un patrón: creció con un padre emocionalmente intermitente y una madre absorbida por sus propios conflictos. El afecto era impredecible. A veces había cercanía; otras, silencio o indiferencia.
Su sistema nervioso aprendió que el vínculo no es estable.
Hoy, ante cualquier distancia mínima de su pareja, su cuerpo reacciona como si estuviera frente a una pérdida inminente.
No está reaccionando solo al presente.
Está reaccionando a una memoria relacional.
Desde la neurobiología sabemos que la activación repetida del sistema de estrés puede modificar la sensibilidad a las hormonas y reorganizar circuitos neuronales implicados en el apego y la amenaza (McEwen, 2007).
Lo que en su infancia fue adaptación, en la adultez se convierte en sufrimiento.
En otro caso, un hombre de 40 años consulta por gastritis crónica y tensión muscular constante. Los estudios médicos no muestran daño estructural relevante. Sin embargo, describe una infancia marcada por alta exigencia académica y emocional. “En mi casa no había espacio para equivocarse”, dice.
Aprendió a estar siempre listo.
Siempre correcto.
Siempre contenido.
El organismo que crece bajo presión sostenida puede mantener niveles elevados de activación fisiológica incluso cuando ya no existe esa exigencia externa.
La llamada “memoria celular” no es un concepto mágico. Es la persistencia de configuraciones biológicas aprendidas. Cambia la regulación hormonal, se modifican respuestas inflamatorias, se consolidan patrones de activación neuronal.
El cuerpo guarda la forma en que tuvo que sobrevivir.
Y esto no solo ocurre a nivel individual.
Una madre joven consulta porque vive con miedo constante a “hacerlo mal” con sus hijos. Se siente en alerta permanente, teme repetir errores y se exige perfección absoluta en la crianza.
Al explorar la historia familiar surge un dato significativo: en su sistema hubo una narrativa repetida de “no fallar”, asociada a experiencias de crítica severa y descalificación generacional.
Ella no vivió los episodios originales con la misma intensidad que sus padres.
Pero heredó la autoexigencia como norma interna.
La epigenética ha mostrado que el entorno puede modular la expresión genética relacionada con la regulación del estrés (Meaney, 2010; Yehuda & Lehrner, 2018). No heredamos escenas. Pero sí podemos heredar una mayor sensibilidad al error, al rechazo o a la amenaza vincular.
No es destino.
Es predisposición modulable.
El estudio ACE (Felitti et al., 1998) ya había mostrado que experiencias adversas en la infancia se asocian con mayor riesgo de enfermedades físicas y trastornos emocionales en la adultez. No por debilidad, sino por adaptación sostenida.
El trauma reorganiza.
Pero aquí aparece lo más relevante para la práctica terapéutica.
Si el organismo aprendió en un entorno de amenaza, también puede reaprender en un entorno de seguridad.
Por eso en clínica no basta con interpretar la historia.
Es necesario ofrecer experiencias nuevas de regulación.
Cuando la mujer con ansiedad relacional logra experimentar estabilidad emocional en el vínculo terapéutico, su sistema comienza a disminuir la hipervigilancia.
Cuando el hombre con síntomas gastrointestinales aprende a flexibilizar su autoexigencia y a expresar emociones contenidas, su cuerpo ya no necesita sostener la tensión permanente.
Cuando la madre hiperexigente logra diferenciar su historia de la de sus padres, la presión interna comienza a disminuir.
La biología no es una sentencia.
Es un sistema dinámico que responde a la experiencia.
El trauma puede dejar huellas en el cuerpo, en la regulación hormonal y en la expresión genética.
Pero la reparación también deja huella.
Sanar no es borrar el pasado.
Es transformar la manera en que el pasado sigue actuando en el presente.
Y cuando una persona logra hacerlo, no solo modifica su bienestar individual.
Interrumpe una forma de transmisión.
Referencias
Felitti, V. J., et al. (1998). Relationship of childhood abuse and household dysfunction to many of the leading causes of death in adults. American Journal of Preventive Medicine, 14(4), 245–258.
McEwen, B. S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation. Physiological Reviews, 87(3), 873–904.
Meaney, M. J. (2010). Epigenetics and gene × environment interactions. Child Development, 81(1), 41–79.
Yehuda, R., & Lehrner, A. (2018). Intergenerational transmission of trauma effects. World Psychiatry, 17(3), 243–257.
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